Pero los dioses griegos eran celosos y vieron que una criatura que tenía cuatro brazos trabajaba más; dos caras opuestas estaban siempre vigilantes y no podían ser atacadas a traición, cuatro piernas no exigían tanto esfuerzo para permanecer de pie o andar durante largos períodos. Y, lo que era más peligroso, la criatura tenía dos sexos diferentes, no necesitaba a nadie más para seguir reproduciéndose en la tierra.
Entonces dijo Zeus, el supremo señor del Olimpo: “Tengo un plan para hacer que estos mortales pierdan su fuerza.”
Y, con un rayo, partió a la criatura en dos y así creó al hombre y a la mujer. Eso aumentó mucho la población de la tierra y, al mismo tiempo, desorientó y debilitó a los que en ella habitaban, porque ahora tenían que buscar su parte perdida, abrazarla de nuevo y, en ese abrazo, recuperar la antigua fuerza, la capacidad de evitar la traición, la resistencia para andar largos períodos y soportar el trabajo agotador. A ese abrazo por el que los cuerpos se (con)funden de nuevo en uno lo llamamos sexo.
















